Thanks to the faithful efforts of Deborah Firmin, communicator for Team Pines-Chile - Pines Presbytery's covenant partnership with the Evangelical Presbyterian Church in Chile - my blog entry dated May 29, 2008, has been translated into Spanish. As we strive to grow our church deep and wide in our diversity, may we continue to break down the barriers that separate us, including those of language. In future, we will offer blog entries, wherever possible, in Spanish translation.
29 de Mayo del 2008
El fin de semana antepasado me encontró en una reflexión profunda orando por nuestra familia mundial. La magnitud de las crisis mundiales es dolorosa, especialmente al ver que manos humanas han creado y aumentado los llamados desastres naturales.
El temblor en la provincia de Sichuan, en la China, ha causado hasta hoy un número de de más de 65,000 personas muertas. Pero las historias personales son las que causan el dolor real. Las caras de padres y madres desesperados cuyos hijos han sido destrozados al derrumbarse las escuelas primarias donde estaban, evocan una angustia indestructible; como si fuera yo, quien me encontrara en tal situación, sin saber la suerte de mis propios hijos e imaginándome su sufrimiento. La imagen de una pareja sosteniendo en sus brazos a su hijo es devastadora, considerando que en la China se exige que los padres y madres tengan solamente un hijo, y la muerte de niños representa la muerte de hijos únicos.
En Myanmar, vemos la imagen de una mujer que no ha tomado alimento alguno por cinco días, indiferentemente tendida junto a su hijo cuyas esperanzas de sobrevivir son muy pocas; leemos historias de gobernantes que no permiten que ayuda o ayudantes entren al país. También el comentario de un experto en la materia de ayuda diciendo que la falta de acciones o hechos del gobierno ha transformado un desastre natural en una tragedia humana.
Aun mas, a esto se suman la historia del alza del precio de alimentos; aumentándose la escasez en una «perfecta tormenta» de varios factores que incluyen el alza de la gasolina, sequías, poca o corrupta distribución; daño a las cosechas del arroz que hubiese sido prevenida si el gobierno y las agencias de fomento no hubiesen perdido el enfoque de ayudar al desarrollo de la economía agrícola de las naciones pobres y además reduciendo el apoyo durante buenos tiempos pensando que la crisis mundial había sido resuelta.
«Porque no sabemos que debemos pedir ni sabemos pedir como debemos; pero el Espíritu Santo ora por nosotros con un ardor tal que no se puede expresar con palabras.» (Romanos 8:26)
No puedo hacer otra cosa que reflexionar que la manera como vivo mi vida contribuye a la angustia en otras partes de este entrelazado mundo. He leído 154 páginas del libro de Michael Pollan, titulado «The Omnivore’s Dilemma» (El Dilema Omnívoro), un libro bastante provocativo que me hace pensar en los diferentes principios y prácticas agrícolas que producen el alimento que consumimos. Nuevamente, en el periódico del fin de semana hay un artículo que describe la cantidad de alimentos que desperdiciamos en los Estados Unidos. El sábado y domingo de este fin de semana, comí mas comida de lo debido, tanto que me sentí llena; al terminar, jocosamente dije: «recuérdenme no ordenar tanto la próxima vez». Ambas veces en restaurantes de primera clase sentada en compañía de amigos y seres queridos. Después en mi devocional matutino, las palabras de Romanos, saltaron a mi vista: «Y si a tu hermano le molesta lo que comes, sería una falta de amor persistir en hacerlo» (Romanos 14:15)
La semana pasada envié a los miembros del Consejo de la Asamblea General, oficiales ejecutivos y amigos, una sugerencia de Tom Taylor de que nos uniéramos en una hora determinada en ayuno y oración pidiendo discernimiento sobre la crisis de alimentos en el mundo. Tanto yo como Tom nos hemos sentido muy acongojados con las noticias e imágenes de grupos arrebatando y peleando sobre sacos de alimentos. Puesto que Tom, Ruth Farrell y otros colegas del concilio de la Asamblea General nos habían pedido urgentemente que nos uniéramos en oración y contemplación sobre temas que afectan a millones de personas, decidimos hacerlo.
El ayuno por 24 horas me llevó a reflexionar sobre la gente de Myanmar que han pasado más de tres semanas sin comer alimentos o beber agua; sobre la gente de China que sufrieron aun mas con las consecuencias de un temblor secundario, y sobre aquellas personas en el resto del mundo que carecen de alimentos por no tenerlos o sin medios de obtenerlos. Un ayuno de 24 horas, con un refrigerador lleno de comida, un viaje al mercado, pasando por un arroyo en el bosque, es poca cosa, pero me ayuda a pensar en las necesidades de los demás. La Iglesia Presbiteriana (EUA) esta haciendo algo más grande para ayudar por medio de varios comités, y por esto doy gracias en mis oraciones.
Una de nuestras colegas del presbiterio, Deborah Firmin del Presbiterio de los Pinos, respondió a nuestro llamado de oración y ayuno con la siguiente declaración con la cual termino este comentario:
«Esto es una idea excelente y el mejor ejemplo de nuestra misión en pacto llevada a cabo por líderes que son siervos y siervas. También es motivador para aquellos en búsqueda espiritual. Los miembros de nuestro equipo de compañerismo con la Iglesia Evangélica Presbiteriana en Chile han hecho un llamado a nuestro presbiterio y a otras iglesias compañeras a orar y a ayunar en dos ocasiones... Por favor, cuando hagan otro llamado de ayuno, avísenos con tiempo para poder traducirlo al español, notificar a las iglesias y poder participar.»
«Amado Señor y Dios Padre, con humildad y penitencia nos inclinamos ante Ti. Permítenos caminar en tu voluntad en como hijos manifiestos quienes son servidores de todos. Enséñanos cómo multiplicar los panes y los peces para que no haya hambre de tu Palabra o de alimentos en este mundo. Gracias por este grupo que se ha reunido y bendíceles con la revelación de Dios, con la dulzura del Espíritu Santo y del Eterno Hijo de Dios. Levanta nuestros ojos para que solamente podamos enfocarnos en Ti. En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.»

